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[1342] • JUAN PABLO II (1978-2005) • SIGNIFICADO PROFÉTICO DE LA “HUMANAE VITAE”

Discurso Con intima gioia, a los representantes de las Conferencias Episcopales en el XX Aniversario de la Humanae vitae, 7 noviembre 1988

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1. Con inmensa alegría dirijo mi afectuoso saludo a todos vosotros, hermanos en el episcopado, y a tantos otros hermanos que vosotros representáis.

Al saludo se acompaña mi agradecida estima por la disponibilidad a destinar una parte de vuestro tiempo y toda vuestra caridad pastoral a la reflexión sobre un tema de particular importancia para la vida y para la misión de la Iglesia.

Una especial acción de gracias debo, además, al Pontificio Consejo para la Familia, que ha organizado este encuentro y está siguiendo sus trabajos. Doy las gracias al cardenal presidente por sus palabras de presentación.

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2. El motivo del encuentro es el XX Aniversario de la Encíclica “Humanae Vitae”, que Pablo VI publicó el 25 de julio de 1968 sobre el grave problema de la recta regulación de la natalidad. En la alocución del miércoles posterior a la publicación de la encíclica el mismo Pablo VI confió a los fieles los sentimientos que le habían guiado en el cumplimiento de su mandato apostólico. Dijo: “El primer sentimiento ha sido el de una gravísima responsabilidad nuestra. Éste nos ha introducido y sostenido en lo más vivo de la cuestión durante los cuatro años entregados al estudio y a la elaboración de esta Encíclica. Os confiaremos que tal sentimiento nos ha hecho sufrir no poco espiritualmente. Jamás hemos sentido como en esta coyuntura el peso de nuestro oficio. Hemos estudiado, leído, discutido cuanto pudimos y también hemos orado mucho. Invocando las luces del Espíritu Santo hemos puesto nuestra conciencia en la plena y libre disponibilidad a la voz de la verdad, tratando de interpretar la norma divina que vemos brotar de la intrínseca exigencia del auténtico amor humano, de las estructuras esenciales de la institución matrimonial, de la dignidad personal de los esposos, de su misión al servicio de la vida, como también de la santidad del matrimonio cristiano; hemos reflexionado sobre los elementos estables de la doctrina tradicional y vigente de la Iglesia, especialmente, además, sobre las enseñanzas del reciente Concilio, hemos ponderado las consecuencias de una o de otra decisión, y no hemos tenido duda sobre nuestro deber de pronunciar nuestra sentencia en los términos expresados por la presente Encíclica (cfr. “Enseñanzas de Pablo VI”, vol. VI, 1968, pp. 870-871)[1].

A todos son conocidas las reacciones, a veces ásperas y hasta despreciativas, que incluso en algunos ambientes de la misma comunidad eclesial la Encíclica “Humanae Vitae” ha recibido. Mi venerable predecesor las había previsto claramente. Escribió, en efecto, en la Encíclica: “Se puede prever que esta enseñanza no será fácilmente aceptada por todos: Muchas son las voces –ampliadas por los modernos medios de propaganda– que se oponen a las de la Iglesia. A decir verdad, ésta no se maravilla de haberse convertido, a semejanza de su divino fundador, en ‘señal de contradicción’ (cfr. Luc 2, 34), pero no deja, por esto, de proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, tanto natural, como evangélica” (n. 18)[2].

Por otra parte, Pablo VI sintió siempre una profunda confianza en la capacidad de los hombres de hoy de aceptar y de comprender la doctrina de la Iglesia sobre el principio de la “conexión inseparable, que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por su iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: El significado unitivo y el significado procreador” (n. 12)[3]. “Nos pensamos –escribía él– que los hombres de nuestro tiempo están particularmente en condiciones de afirmar el carácter profundamente racional y humano de este fundamental principio” (n. 12)[4].

[1]. [1968 07 31/3-5].

[2]. [1968 07 25/18].

[3]. [1968 07 25/12].

[4]. [Ibid.].

1988 11 07 0003

3. En realidad, los años posteriores a la encíclica, a pesar de la persistencia de críticas injustificadas y de silencios inaceptables, han podido demostrar con claridad creciente que el documento de Pablo VI fue siempre no sólo de palpitante actualidad, sino hasta rico de un significado profético.

Un testimonio de particular valor ha sido ofrecido por los obispos en el Sínodo del año 1980, que, en la proposición 22, se expresaban en estos términos: “Este sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el sucesor de Pedro, firmemente defiende lo que en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 50)[5] y, seguidamente, en la Encíclica ‘Humanae Vitae’ es propuesto y, en particular, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a la nueva vida (Humanae vitae, 11 y cfr. nn. 9 y l (2))”[6].

Yo mismo, posteriormente, en la exhortación pos-sinodal “Familiaris Consortio”, he planteado de nuevo, en el más amplio contexto de la vocación y de la misión de la familia la perspectiva antropológica y moral de la “Humanae Vitae” sobre la transmisión de la vida humana (cfr. nn. 28-31)[7]. Así también he dedicado, durante las audiencias del miércoles, las últimas catequesis sobre el amor humano en el plano divino, a confirmar y a iluminar el principio ético fundamental de la encíclica de Pablo VI sobre la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador del acto conyugal, interpretado a la luz del significado esponsal del cuerpo humano.

Entre los frutos del Sínodo de los obispos sobre los cometidos de la familia, celebrado en el año 1980, se debe recordar la constitución de dos importantes organismos eclesiales, destinados el uno a estimular la actividad pastoral sobre el matrimonio y la familia, y el otro a promover la reflexión científica.

El primer organismo es el Pontificio Consejo para la Familia, con el cual se renovaba profundamente el precedente Comité Pontificio para la Familia querido por Pablo VI. En la Exhortación “Familiaris Consortio” señalaba el sentido y la finalidad del nuevo organismo para ser “una señal de la importancia que atribuyo a la pastoral de la familia en el mundo y, al mismo tiempo, un instrumento eficaz para ayudar a promocionarla a todos los niveles” (n. 73)[8].

El segundo organismo es el Instituto Juan Pablo II para estudios sobre Matrimonio y Familia, instituido “a fin de que se aclare cada vez más con método científico, la verdad del matrimonio y de la familia, y laicos, religiosos y sacerdotes puedan conseguir en este ámbito una formación científica tanto filosófico-teológica como en las ciencias humanas, de suerte que su ministerio pastoral y eclesial sea realizado de forma más idónea y eficaz para el bien del pueblo de Dios” (Const. Ap. “Magnum Matrimonii”, 7 octubre 1982, n. 3).

Ya fundado y operante desde hace algunos años en la Pontificia Universidad Lateranense, dicho organismo ha obtenido reconocimiento jurídico en el año 1982 y ha continuado su laudable compromiso ampliando su actividad a otros países. En estos mismos días el Instituto ha programado el Segundo Congreso Internacional de Teología Moral sobre el tema “Humanae vitae: 20 años después”, con reflexiones y análisis que se mueven en la línea de las preocupaciones pastorales propias también de esta vuestra reunión.

La gravedad de los problemas hoy suscitados en el ámbito del matrimonio y de la familia, hace cada vez más necesario que en el seno de las conferencias episcopales nacionales o regionales, y a veces también en cada una de las diócesis, se constituyan y se hagan operativos organismos análogos a los ahora recordados; solamente así los problemas pueden encontrar, con la debida profundidad doctrinal, válidas respuestas pastorales oportunamente coordinadas con las iniciativas de los demás organismos eclesiales.

[5]. [1965 12 07c/50].

[6]. [1968 07 25/11, 9 y 12].

[7]. [1968 07 25/28-31].

[8]. [1981 11 22/73].

1988 11 07 0004

4. La presente reunión reviste una particular importancia ya por el hecho mismo de desarrollarse entre obispos aquí congregados como representantes de las conferencias episcopales de los respectivos países, en los que les están confiados cometidos específicos en este sector de la pastoral. La problemática teológica y pastoral suscitada por la Encíclica “Humanae Vitae” y por la Exhortación “Familiaris Consortio”, venerables hermanos, representa, sin más, un capítulo fundamental de vuestra solicitud de maestros y de pastores de la verdad evangélica y humana sobre el matrimonio y la familia.

Este encuentro que vivimos puede ser para vosotros una preciosa ocasión para que, mediante el intercambio de las experiencias, se pueda describir y analizar mejor la actual situación de la Iglesia, tanto haciendo referencia a los desarrollos vinculados con la temática de la “Humanae Vitae” como informando sobre la respuesta que, en las diversas situaciones sociales y culturales, se ha dado al respecto.

El método de estos trabajos y los resultados que los coronarán podrán sugerir acaso la oportunidad de llevar a cabo también en el futuro encuentros semejantes. Éstos, en efecto, se mueven en el contexto de una colaboración ya en marcha entre el Pontificio Consejo para la Familia y los episcopados de diversos países, sobre todo con ocasión de las visitas ad limina. Las múltiples dificultades a las que debe hacer frente la familia en el mundo moderno inducen a desear la ulterior consolidación de dicha colaboración a fin de ofrecer a los esposos toda ayuda posible para corresponder mejor a la vocación propia de ellos.

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5. Desde muchas partes la referencia a la Encíclica Humanae vitae se relaciona, casi automáticamente, con la idea de la “crisis” que ha afectado y sigue afectando a la moral conyugal.

Sin duda, se deben reconocer las múltiples y a veces graves dificultades que, en este campo, los sacerdotes. y los matrimonios encuentran, los unos al anunciar la verdad completa sobre el amor conyugal y los otros al vivirla. Por otra parte, las dificultades a nivel moral son el fruto y la señal de otras dificultades más graves que afectan a los valores esenciales del matrimonio como “íntima comunidad de vida y de amor conyugal” (Gaudium et spes, 48)[10].

La pérdida de estima respecto al hijo como “preciosísimo en el matrimonio” (ibid. 50)[11] y hasta el rechazo categórico de transmitir la vida, acaso por una malentendida concepción de la procreación responsable, y la interpretación totalmente subjetiva y relativista del amor conyugal, con frecuencia tan difundidas en nuestra sociedad y en nuestra cultura, son la señal evidente de la actual crisis matrimonial y familiar.

En las raíces de la “crisis”, la Exhortación Familiaris consortio ha identificado una corrupción de la idea y de la praxis de la libertad, que es “concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como autónoma fuerza de afirmación, no raras veces contra los demás, por el propio egoísta bienestar” (n. 6)[12]. Más radicalmente todavía debe subrayarse una visión inmanentista y secularista del matrimonio, de sus valores y de sus exigencias: el rechazo de reconocer la fuente divina, de la que proceden el amor y la fecundidad de los esposos, expone al matrimonio y a la familia a disolverse incluso como experiencia humana.

Al mismo tiempo la situación actual presenta también aspectos positivos, entre los cuales destaca el redescubrimiento de los “recursos” de los que el hombre y la mujer disponen para vivir la verdad completa del amor conyugal.

El primero y fundamental recurso es el sacramento del matrimonio, es decir, Jesucristo mismo que se hace presente y operante por medio de su Espíritu y hace a los esposos cristianos partícipes de su amor hacia la humanidad redimida. Este “sacramento” manifiesta plenamente y lleva a la suprema realización aquel “sacramento primordial de la creación” para el cual, desde el “principio” el hombre y la mujer han sido creados por Dios a su imagen y semejanza y llamados al amor y a la comunión. De esta forma, el hombre y la mujer, mientras realizan su “humanidad” según la vocación matrimonial, quedan puestos al servicio no sólo de los hijos, sino también de la Iglesia y de la sociedad.

El período pos-conciliar ha favorecido un progresivo crecimiento de la conciencia del significado eclesial y social del matrimonio y de la familia: Son éstos el lugar más común y, al mismo tiempo, fundamental en el que se expresa la misión de los laicos en la Iglesia. La “Carta de los Derechos de la Familia”, publicada por la Santa Sede en el año 1983, a petición del Sínodo de los obispos, constituye un momento de particular importancia para la conciencia del significado social y político de la vida de matrimonio y de familia: Éstos no son simples destinatarios, sino verdaderos y propios “protagonistas” de una “política” al servicio del bien común familiar.

[10]. [1965 12 07c/48].

[11]. [1965 12 07c/50].

[12]. [1981 11 22/6].

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6. Frente a las dificultades y a los recursos de la familia de hoy, la Iglesia se siente llamada a renovar la conciencia del cometido que ha recibido de Cristo en relación con el precioso bien del matrimonio y de la familia: El cometido de anunciarlo en su verdad, de celebrarlo en su misterio y de hacerlo vivir en la existencia cotidiana de “los que Dios llama a servirlo en el matrimonio” (Humanae vitae, 25)[13].

Pero ¿cómo llevar a cabo esta misión en las presentes condiciones de vida de la Iglesia y de la sociedad?

El intercambio de ideas y experiencias durante este vuestro encuentro permitirá, sin duda alguna, ofrecer alguna sugerencia y formular alguna propuesta.

Es extraordinariamente urgente reavivar la conciencia del amor conyugal como don: es el don que, mediante el sacramento del Matrimonio, el Espíritu Santo, el cual en el inefable misterio de la Trinidad es la Persona-don (cfr. Dominum et vivificantem, 10), derrama en el corazón de los esposos cristianos. Este mismo don es la “ley nueva” de su existencia, la raíz y la fuerza de la vida moral de la pareja y de la familia. Y, en realidad, su ethos consiste en vivir todas las dimensiones del don:

–la dimensión conyugal, que pide a los esposos que se conviertan cada vez más en un corazón solo y en una sola alma, revelando así en la historia el misterio de la misma comunión de Dios Uno y Trino;

–la dimensión familiar, que pide a los esposos estar dispuestos “a cooperar con el amor del Creador y del Salvador que, por medio de ellos, continuamente amplía y enriquece su familia” (Gaudium et spes, 50)[14], aceptando del Señor el regalo del hijo (cfr. Gén 4, 1);

–la dimensión eclesial y social, por la cual los cónyuges y los padres cristianos, en virtud del sacramento “tienen, en su estado de vida y en su función, el propio don en medio del pueblo (Lumen gentium, 11)[15] y, al mismo tiempo, asumen y desarrollan –como primera y vital célula de la sociedad” (Apostolicam actuositatem, 11)[16]– sus responsabilidades en el ámbito social y político;

–la dimensión religiosa, por la cual el matrimonio y la familia responden al don de Dios y en la fe, en la esperanza y en la caridad, hacen de toda su vida un “sacrificio espiritual grato a Dios por Jesucristo” (cfr. 1 Ped 2, 5).

Sin olvidar enseñanzas que tienen también su importancia, como son las que se relacionan con los aspectos antropológicos y psicológicos de la sexualidad y del matrimonio, el esfuerzo pastoral de la Iglesia debe situar decididamente en el primer puesto la difusión y la profundización de la conciencia de que el amor conyugal es don de Dios confiado a la responsabilidad del hombre y de la mujer: en esta línea deben moverse la catequesis, la reflexión teológica, la educación moral y espiritual.

Es, además, extraordinariamente urgente que se renueve en todos, sacerdotes, religiosos y laicos, la conciencia de la absoluta necesidad de la pastoral familiar como parte integrante de la pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra. Repito con convicción el llamamiento contenido en la Familiaris consortio: “Toda Iglesia local y, en términos más particulares, toda comunidad parroquial debe adquirir conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor en orden a fomentar la pastoral de la familia. Todo plan de pastoral orgánica, a todos los niveles, jamás debe prescindir de tomar en consideración la pastoral de la familia” (n. 70)[17].

La exigencia insuprimible de que la fe se convierta en cultura debe encontrar su primer fundamental lugar de realización en el matrimonio y en la familia. El fin de la pastoral familiar consiste no sólo en hacer las comunidades cristianas más diligentes hacia el bien cristiano y humano de los matrimonios y de las familias, en particular de aquellas más pobres y en dificultades, sino también y sobre todo en solicitar el “protagonismo” propio e insustituible de los matrimonios y de las familias mismas en la Iglesia y en la sociedad.

Para una pastoral familiar eficaz e incisiva es necesario hacer hincapié sobre la formación de los operadores, suscitando también vocaciones al apostolado en este campo vital para la Iglesia y para el mundo. Las palabras de Jesús: “La mies es mucha, pero los operarios son pocos” (Luc 10, 2) valen también para el campo de la pastoral familiar. Son necesarios “operarios” que no teman las dificultades y las incomprensiones al presentar el proyecto de Dios sobre el matrimonio, dispuestos a “sembrar en las lágrimas” pero en la seguridad de “cosechar con júbilo” (cfr. Salm 125-126, 5).

[13]. [1968 07 25/25].

[14]. [1965 12 07c/50].

[15]. [1964 11 21a/11].

[16]. [1965 11 18/11].

[17]. [1981 11 22/70].

1988 11 07 0007

7. Dios quiere que toda familia llegue a ser, en Jesucristo, una “Iglesia doméstica” (cfr. Lumen gentium, 11)[18]: de esta “Iglesia en miniatura”, como gusta llamar con frecuencia a la familia San Juan Crisóstomo (cfr. ad. es. In Genesim Serm. VI, 2; VII, 1), depende, en gran medida, el futuro de la Iglesia y de su misión evangelizadora.

También el futuro de una sociedad más humana, por el hecho de estar inspirada y sostenida por la civilización del amor y de la vida, depende, en gran parte, de la “calidad” moral y espiritual del matrimonio y de la familia, depende de su “santidad”.

Éste es el fin supremo de la acción pastoral de la Iglesia de la que nosotros obispos somos los primeros responsables. El XX aniversario de la Humanae vitae plantea de nuevo a todos nosotros este fin con la misma urgencia apostólica de Pablo VI, que concluía su Encíclica, dirigiéndose a los hermanos en el episcopado con estas palabras: “Con los sacerdotes vuestros colaboradores y vuestros fieles, trabajad con ardor, sin descanso por la salvaguardia y la santidad del matrimonio, para que cada vez más sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana. Considerad esta misión como una de las más urgentes responsabilidades en nuestro momento actual” (Humanae vitae, 30)[19].

Al hacer mías estas exhortaciones, os saludo una vez más, queridos hermanos, os ofrezco mi Bendición Apostólica y propongo también impartir la misma bendición juntos, todos nosotros, para nuestros colaboradores, sacerdotes, comunidades diocesanas, parroquiales, para nuestras familias.

[E 48 (1988), 1770-1773]

[18]. [1964 11 21a/11].

[19]. [1968 07 25/30].